lunes, 31 de marzo de 2008

Erzabtei Sankt Ottilien


I

Dado que todas – ¡todas! – mis convivientes se tomaron esta semana para viajar a distintas partes de Europa, amanecí el 25 de marzo totalmente solo en el departamento. Al igual que los tres días anteriores. La diferencia es que el martes me tomé un tren en dirección a Augsburg, la famosa ciudad de… ehh… donde… bueno, donde alguna vez se firmó la “paz de Augsburgo” con pacificos señores que probablemente vivían por ahí. En todo caso, Augsburgo es famosa, una de las más grandes ciudades de Baviera y mi primera escala del viaje. Dado que tenía toda una hora hasta mi próximo tren, decidí meterme al primer boliche de kebap que pillara para sentarme y almorzar tranquilo. Avancé y avancé por la ciudad, sin encontrar ningún boliche de kebap para sentarme, sino sólo kioskos de kebap, por lo que seguí caminando. Llegué hasta el centro, me dí una vuelta, me dí otra y otra más, hasta que me topé con la Catedral. “Buenas tardes Sra. Catedral de Augsburg” le dije “¿puedo pasar?” y entré, sin esperar respuesta. Lo que no me iba a esperar, era el tren que partía en menos de 20 minutos, y yo sin tener idea de hacia dónde quedaba la estación. Sólo tenía la vaga impresión que lejos de la Catedral. Más encima, todavía no pillaba un boliche de kebap para sentarme. Marché en dirección hacia donde mi desarrollado sentido de la orientación me dictó y, una de dos: o tengo un problema de subdesarrollo, o el sentido me dictó mal, pero la cosa es que al preguntar, averigüé que estaba caminando raudamente en la dirección exactamente equivocada. Más encima, todavía no pillaba un boliche de kebap para sentarme. “Mala suerte, mismo” me dije a mí mismo “tendremos que comer caminando” y a sólo 7 minutos, y quién sabe a cuántas cuadras de la estación, me compré un kebap nómade – ¡en los mismos kioskos de la ida! – que tuve que equilibrar entre el bamboleo de la mochila y el bolso, y el paso presuroso ante los 4 minutos antes que partiera el tren. Nunca me pude sentar, hasta que llegué justo al tren. Todavía me quedaba algún resto de kebap. (Tarea para la casa: averiguar qué es un kebap. También se escribe kebab).

II

Llegué a la hora planeada (aprox. 15:30) a la estación de la Archiabadía de Sankt Ottilien, sin tener muy claro qué me esperaba. Sankt Ottilien es un monasterio benedictino, ubicado a unos 30 kilómetros de München, donde nació hacia fines del siglo XIX la congregación de los Ottilianer: benedictinos misioneros. Por lo mismo, es Archi-abadía, ya que es la cabeza de todas las demás abadías de Ottilianer repartidas en Europa, Asia, África y Latinoamérica. Seguro que todos tenemos la idea de que los monasterios son una suerte de oasis donde se detiene el tiempo y nos transportamos a la Edad Media, con un montón de señores peladitos con hábito, leyendo con vela, rezando en latín y haciendo pan en horno de barro. Al menos yo tenía algo de esa idea, que se vio violentamente contrastada; lo único que sí es cierto de todo eso, es el hábito (o bien, el hábito de usar hábito). La Archiabadía es totalmente autosuficiente: produce todo lo que necesitan sus 120 (aprox.) monjes estables, ya sea en comida (pan, leche, frutas, verduras, cecinas, lácteos, carne, etc.) u otras cosas (hierro y madera para los edificios o las capillas, zapatería, sastrería para tener buenos hábitos, taller mecánico para los autos y tractores, etc.). Todo esto con la más reciente tecnología, por ejemplo ordeñan las vacas mecánicamente con un sistema computarizado que puede detectar qué vaca es, cuánto ha producido en toda su vida y si tiene alguna irregularidad que pueda ser indicio de alguna enfermedad. Nada de andar estrujando a mano a las pobres; tecnología de punta. Y así con todas las demás tareas, ya fueran de orden agrícola (agricola, -ae), o de orfebrería, madera, etc. Basta decir que los excedentes de la producción se venden en al detalle para los habitantes de la comarca, al por mayor para München u otras ciudades cercanas, y al máximo precio posible para los inocentes turistas como uno. Además de todo esto, la abadía tiene un colegio con internado que ofrece educación de primera, privada y barata – cosa muy rara acá en Alemania… y en todos lados –.

III

Al llegar me recibió Bruder Ambrosius, un novicio gordito y simpático, probablemente de mi edad, que para mi sorpresa, me atendió en un español bastante pulido. Me guió hasta mi pieza, no en el monasterio mismo, sino en la Exerzitienhaus, ubicada a pocos metros de la monumental iglesia y la entrada del monasterio. Ni esta Haus ni la pieza tenían nada de monástico, sin ser tampoco una pieza de hotel. En la casa teníamos acceso a Internet, teléfono, cafetería y hasta un pequeño bar self-service para las noches. Yo venía con la idea de que estos famosos Tage im Kloster (días en el monasterio) iban a ser algo así como un retiro espiritual, una instancia de oración, encuentro consigo mismo – a todo esto, ¿no es medio raro que haya gente que tenga que ir a otra parte a encontrarse? – profundización en la vida espiritual, iniciación en la espiritualidad benedictina, etc. sed videtur quod non (pero parece que no). El grupo éramos once personas, bastante heterogéneo. Como era de esperar, todos los demás eran alemanes, por lo que hablaban con modismos, con acentos, con palabras de dialecto y sin piedad alguna con mi no-tan-acostumbrado oído. Más encima, la gran mayoría de los monjes tenían un acento bávaro muy acentuado – valga la rebuznancia – lo que me tuvo un poco perdido los primeros días. Del grupo destacaba un “lolo palanca” de unos 50 años, portador de una experimentada ponchera, con cara de flojo, fresco y, más encima, protestante. Nunca entendí muy bien qué hacía ahí, qué pretendía o para dónde iba. También había un par de tipos en plan de “reconstrucción de vida”, con pinta de haberse dado la torta en sus primeros 30 años, pero para ser brutalmente sincero, tampoco les creí mucho sus conversiones… no parecian Agustines... en fin, Dios sabrá. Para qué decir lo exótico que resultaba esto de tener un chileno en el grupo. Había también un par de “lolitos místicos” de unos 20 años, que parece que iban derechito a comprarse un hábito. Uno de ellos partía hoy, desde Sankt Ottilien haciendo el Camino de Santiago, cruzando por Alemania, Suiza, Francia y España. Ah… y ¡a pie! Calculaba estar llegando como en Agosto. En todo caso, parece ser algo bastante común entre los jóvenes católicos alemanes, porque varios de los del grupo ya lo habían hecho. Claramente el gordo protestante no. Más encima, este ultimo “nuevo amigo” en algún minuto me dijo algo así como “Oye, y en Perú tienen tal cosa…?” (ni recuerdo de qué estábamos hablando) “No sé”, le contesté airado “pero en Chile, sí.” Como verán, me cayó salvaje.

IV

Teníamos un horario casi idéntico al de los monjes: partíamos con laudes a las 5 de la mañana, luego misa y desayuno. En la mañana teníamos nuestro “tour guiado” por la abadía y el monasterio, para luego el oficio de mediodía y almuerzo. En las tardes, teníamos nuestro rato de “trabajo” para luego rezar las vísperas y la vigila tipo 6, antes de comida. Después de comida había un pequeño rato de Rekreation, el único momento donde podíamos interactuar directamente con los monjes, y luego tras cantar las “completas” se decretaba silentium y a dormir. A las 8, cosa que no era obedecida por este grupo de foráneos, quienes se quedaban tomando en el barcito de la Exerzitienhaus. Como lo dicta claramente la regla de san Benito, las comidas todos juntos en el refectorium y en silentium mientras se lee algún libro, que no necesariamente tiene que ser algo espiritual. La excepción al silentium es el coloquium en el almuerzo del domingo, y los días que algún hermano cumple alguna “edad redonda” (50, 60, etc.) o bien cumple un aniversario redondo desde la profesión permanente de sus votos. Ahí sacan la cerveza y la cháchara no la para nadie.

Quien estaba a cargo de nosotros era un personaje entrañable: Pater Tassilo, monje y sacerdote, de unos 35 años, titulado en agronomía y teología, a cargo en parte de la formación de novicios y de la Ökonomie, es decir, de toda la parte agrícola de la abadía. Tenía una sonrisa permanente, una disposición absoluta y un alemán muy bávaro que me costaba mucho seguir. Él nos guiaba siempre en los cantos y oraciones, nos hacía los tours por el monasterio, nos presentó a todos los distintos oficios en la abadía – desde el portero hasta el abad en persona – y con él sacudíamos todas nuestras dudas sobre el monasterio. Nos contaba, por ejemplo, sobre la importancia del Concilio Vaticano II para la estructura monástica: antes, había una fuerte división vertical entre los Patres (sacerdotes) y Brüder (monjes), teniendo todos los oficios litúrgicos y las comidas separados; sólo los primeros podían tomar decisiones importantes para la abadía, y varias otras medidas, que fueron reformuladas. Hoy la estructura es mucho más horizontal y democrática: ¡Patres y Brüder se pueden sentar en la misma mesa y misa! Pero era notable que los monjes más viejos, preconciliares, mantenían sus costumbres “separatistas”, entonces en el refectorium se veían a lo lejos dos mesas, bien distantes, una sólo de Patres viejos y otra sólo de Brüder viejos, mientras que todas las demás estaban mezcladas.

V

Los que han tenido alguna vez contacto con monjes en Chile se habrán dado cuenta que ellos son algo así como “personas especiales”, es decir, que se ven como monjes, que hablan como monjes, que no podrían ser otra cosa que monjes (no quise ocupar la palabra “raros”). En St. Ottilien era totalmente lo contrario: dentro de todos lo monjes, habían muchos que perfectamente podrían haber sido papás o abuelos de amigos, compañeros de universidad, vendedores, gerentes, doctores o contadores. Y ninguno era pelado, o al menos pelado artificial. Además, dado que la congregación tiene abadías en todo el mundo, también tenía un saborcillo internacional: varios monjes africanos y muchos sacerdotes chinos que estaban haciendo un tiempo de perfeccionamiento allá. Algunos de ellos hablaban menos alemán que yo, lo que era tremendamente consolador. Es impresionante ver el sentido de comunidad de los monjes: en la iglesia, todos de hábito negro, uno al lado de otro, equiparados, para después, a la hora de trabajar, repartirse las pegas desde las más indignas hasta las más glamorosas. Así, era muy chocante ver a alguno de los monjes que cantaba en latín temprano en la mañana, arreando vacas, aserrando un tronco o con una jardinera regando las flores en el invernadero. De la solemnidad del gregoriano a lo sencillo de las distintas tareas, donde todos hacen un aporte significativo y todos necesitan de todos. Como alguien dijo por ahí: “es una sociedad comunista, que sí funciona porque todos creen, porque están unidos por la fe”.

A todo esto, ¿qué tipo de trabajo hicimos? En realidad, eso era un cacho para ellos más que para nosotros: ¿qué hacemos con estos tipos? Lógicamente no nos mandaron a ningún taller que requiriera de mano de obra más especializada (carpintería, orfebrería, mecánica) sino que nos dieron obra gruesa: acarrear los muebles viejos del colegio, guardados en un entretecho en el sexto piso, hasta el primero. Jajaja… no había ascensor, ¿querían trabajo los niños? Con eso nos entretuvieron un par de días, y el último fuimos con Pater Tassilo en tractor a unos campos de la abadía un poco más alejados, donde tuvimos la exigente tarea de recoger las ramas demasiado grandes que pudieran obstaculizar el paso del tractor o las otras máquinas. Fomísimo, pero fácil.


VI

El monasterio mismo es una suerte de laberinto enorme, que por momentos me recordaba mucho a “El nombre de la Rosa” (aunque mas luminoso). Todas las paredes blancas, con puertas negras, sin que hubiera algo así como una “zona de dormitorios” sino que estaban repartidos por todas partes. Impresionante era la cantidad de obras de arte que conservan ahí: cada esquina, cada pared, cada descanso de escalera tiene una escultura, una imagen de madera, un cuadro enorme. Siempre que caminábamos por dentro del monasterio, siguiendo raudos los pasos de Pater Tassilo, yo trataba de detenerme a mirar algunas de estas maravillas, cosa que no era posible, porque Tassilo – a estas alturas, ya lo tuteábamos – flameando su hábito negro, casi corría por los pasillos, de modo que no pudiéramos reconocer la estructura laberíntica del monasterio ni llegar por nuestros propios medios. En todo caso, como ya lo anoté, mi subdesarrollado sentido de la orientación, me mantuvo perdido todas y cada una de las veces que entramos. No vale la pena entrar a detallar cuánto marcó mi “extasiómetro” cuando recorrimos la biblioteca: es la colección privada más grande de todo el sur de Alemania, llegando a los 200.000 volúmenes. Dado que es un monasterio “nuevo” – fundado “recién” en 1882 – no tenían “muchos” manuscritos o libros antiguos, sino “sólo” algunas decenas anteriores a 1700 y uno que otro incunable por ahí (otra tarea: ¿Qué es un incunable?). “La Biblioteca de la Comunidad debe ser un espejo de los tiempos” dice la Regula Benedicti, por lo que los libros están ordenados, si bien separados por tema, sólo por el momento que llegan al monasterio. Y, una vez más desmitificando el medievalismo del monasterio, “refleja los tiempos actuales” con una sección de literatura contemporánea, donde encontramos cosas tan simpáticas como Harry Potter, libros de Ken Follett y Pérez Reverte, que a veces se leían durante el almuerzo, sin ningún tipo de control o censura. En fin, el paseo por los cuatro pisos de libros me obligó a tener que rehidratarme por todo lo babeado.

A propósito de libros, estos monjecitos tienen una editorial propia – EOS Verlag – que edita libros de teología, filosofía, historia y temas relacionados con la orden. Y dado que esta editorial fue el motivo por el cual yo supe de la existencia de este monasterio, obviamente no iba a quedar indemne de una visita bibliofílica por mi parte. Así, otra vez más me tuve que cambiar de babero al llegar a la editorial y ver las colecciones completas, de las cuales yo sólo conocía un par de volúmenes. Tras un buen rato mirando, hice mi selección y se los pedí al no-monje que tomaba los encargos al por mayor para las librerías y bibliotecas – ¡no era sala de venta! –. Más encima, sin pelos en la lengua alemana, le pedí un descuentito, que yo me estaba quedando en el monasterio, que venía de Chile, que qué bonita su corbata, que qué fantásticos son estos libros, etc. Finalmente, me llevé 5 libros por 50 euros; me imagino que si se encontrara alguno de estos en Santiago, costarían fácil 25.000 cada uno: o sea, todo un éxito.
VII

El ritmo de los oficios diarios, el trabajo, el canto y las comidas penetra y marca de inmediato. Las campanas de fondo, los salmos cantados y recitados, van haciendo un surco del tiempo que da alguna pista de cómo puede ser posible que haya gente que viva así: efectivamente, se ora y se labora. Se alcanza un ritmo de vida tan parejo, y a la vez tan renovador por el trabajo y la interacción con la comunidad, que la vida empieza a fluir de una manera muy especial. No es en ningún caso un trancarse en el pasado, o congelarse en el tiempo, sino una subordinación de la vida de trabajo a la oración, logrando una mayor concentración en la primera y un desarrollo especial de la segunda. Estando ya de vuelta en Heidelberg, va a ser raro mañana no tener que levantarme temprano a rezar. Sin duda que tenía su encanto salir de la Exerzitienhaus a las 5 de la mañana, antes del amanecer, con todo nevado, entrar a la iglesia en penumbras, tomar el libro y unirse en canto junto a esas otras cientoytantas voces – bueno, nos “uníamos” en lo que podíamos: el gregoriano es una cosa bien complicada y las plegarias y salmos tampoco son fácil de seguir –. En definitiva, todo esto fue una experiencia única, llena de sorpresas, matices y detalles, que intenté cubrir en este abultado informe. Me despedí de St. Ottilien con el deseo de alguna vez volver, para gozar de los paisajes, de su arte, de la históricamente reconocida hospitalidad benedictina (benediktinische Gastfreundschaft) y de ese lugar en algún punto del horizonte, entre el cielo y la tierra.


PS: algunas otras fotos..
Frontis de la Iglesia

Tassilus in tractore Vista de la Iglesia desde el altar; nosotros nos sentabamos en las primeras filas a la derecha (i.e. a mano izquierda de la foto)







Una exclusiva: video (clandestino y no autorizado) de los monjes entrando en processio para la misa del domingo.

5 comentarios:

Luis Placencia dijo...

Estimado: Excelente la experiencia, ah!!! Igual yo creo que esos menjes eran muy modernos. Debe haber sido impostores.
Ah!!! Bueno, quienes no quieranm darse la lata de "hacer las tareas" que pone Rodríguez, les digo: no es necesario, es demasiado fácil.
Kebap: Pan con verduras (repollo morado, lechuga, tomate, pepino, cebolla, a veces también repollo) y carne de cordero. Muy barato.
Incunable: Edición hecha entre la invención de la imprenta y el S. XVI.
Bueno estimado, un gran saludo desde algún lugar del cyberespacio!!! Y mis nuevas felicitaciones por la gran experiencia monástica!!!

Un abrazo,
Lucho.

onca dijo...

Cristian cada dia te superas en tus relatos. Se nota que te gustó la experiencia , sobre todo el tema de las bibliotecas. A lo mejor algun dia va a estar tu libro de viajes en ella. JAJA. Gracias a tu amigo Luis por la interpretación de Kebap, se lo voy a proponer a la Chichi para los tentenpie de la Universidad. Un beso, Onca.

Ximena dijo...

Cristián, cada minuto me hace estar mas orgullosa de ti por la vida que estás llevando y como haz aprovechado los diferentes lugares y momentos.
Bien guapos tus compañeros de Abadía.
un abrazo a la distancia
Xime

LC dijo...

Excelentes historias.
"a todo esto, ¿no es medio raro que haya gente que tenga que ir a otra parte a encontrarse?" Bueno, de partida, ya es medio raro estar en uno mismo y no encontrarse, así que si estando en uno mismo uno no se encuentra, hay que ir a otro lugar a hacerlo, creo yo.

Unknown dijo...

Chico (sorry, no te puedo decir Cristian, muy formal) Excelente tus relatos! Haces que uno se transporte por unos minutos y se imagine alla. Sobretodo me imagino tu cara frente a esos libros... ni el babero mas grande de tu ahijada podria evitar mojarte entero. Un beso grande y sigue compartiendo tus historias.
Un beso
Chica