sábado, 5 de julio de 2008

Una historia sencilla

No habrían sido alrededor de las 6 y tanto de la tarde cuando, dando la vuelta en una esquina probablemente familiar, me cruzo de improviso con aquella palabra embrujada: “Antiquariat”. Atraído, como siempre, ante tal constelación intenté identificar el umbral, distinguiéndolo de una ventana un tanto parecida, y enganché casualmente mi mirada con la de un antiguo señor, tras el vidrio y sus anteojos. Gesticulé mi intención de entrar y me abre levemente la puerta, comentándome: “ya estaba cerrando, pero si gusta puede entrar un momento”. Agradecido por el gesto entré al negocio, perfectamente disimulado desde afuera, cuyas paredes no dejaban espacio alguno para algo que no fueran libros. El dueño, perdido en la trastienda, ya no se sentía y me encontré solo en este templo encuadernado en forros antiguos, mas perfectamente conservados. Los tomos constituían un todo completo compacto con las paredes y el aire, un poco teñido por el olor a cuero viejo. Recorriendo con la vista los lomos, me llamó la atención el último de una corrida cercana al piso, entre las paredes de literatura e historia. El tomo parecía haber sido muy leído y tenía las esquinas gastadas. También algunos rastros de lápiz de tinta y algunas hojas arrugadas por el tiempo. Abriendo una página al azar, leí en alemán a partir el primer párrafo:


Dejando el otro libro en el escritorio, el grueso personaje volvió a alejarse del Dr. Wilhelm quien seguía embebido en sus observaciones. Miraba las páginas casi como tocándolas con la nariz, arreglando constantemente sus lentes, concentradísimo, como si desconectara una máquina sumamente peligrosa. Apareció nuevamente el asistente, esta vez portando una pequeña caja blanca de acrílico. Acercándose e interrumpiendo al académico se la ofreció, recitando en voz baja:

- Commentarius in decem libros aristotelis ethicorum ad nichomachum de un tal Oberto Giphanio.

- Giphanio.. Giphanio... – contestó el erudito sin levantar la vista - ¡Ah claro, Van Giffen! Excelente... ¿de qué año es?

- Este... eme... de... ve corta... – calculó el ayudante mirando la etiqueta de la caja – de 1508, impreso en Francoforte.

- ¡¿1508?! Víctor, ¿estás seguro?

- Sip

- No puede ser... – replicó sorprendido – ¡pásame ese tomo ahora!


El Dr. Wilhelm le quitó de las manos la caja cuadrada, abriéndola y tomando con sumo cuidado el volumen, al parecer muy leído y con las esquinas un tanto gastadas, quiso consultar por sí mismo el dato, constatando el pie de imprenta. Frunciendo el ceño intentaba leer los caracteres mal impresos y algo borrados por el uso. De súbito, como si hubiese hallado algo, le devolvió una mirada de reproche a su asistente.

- Víctor, ven acá

- Dígame doctor

- Acércate y dime, ¿qué número es ese?

- Eme... de.. ce.. mil seiscientos y... ve corta... palito palito palito... serían.. ocho.

- Exacto... mil seiscientos ocho – confirmó el investigador, enfatizando el seiscientos - ¡en mil quinientos ocho el maestro Huberto Van Giffen siquiera había nacido, hombre! ¡¿En dónde aprendiste a leer números romanos?!

- Ah... claro... eme de ce..., cierto... Si, bueno, lo que pasa es que en mi carrera no vimos mucho eso.

- Argh.. da igual. Mejor vuelve al mostrador y ve si el catálogo tiene algo más que ofrecernos.

- Si jefe, perdón... mil disculpas doctor, es que en mi ciudad no se usan mucho los números rumanos porque se confunden con las letras y las palabras. O sea, los números son números y las palabras palabras, al pan pan, vino vino, ¿me entiende?

- ¡Víctor, silencio! – le llamó la atención – Estamos en una biblioteca, no en el mercado. Ahórrate discursos y tráeme algo útil, mejor. Y los números son romanos, no rumanos. ¡Vuela!

- Si, perdón, perdón.

Con un suspiro de paciencia vuelve el Dr. Wilhelm al texto, examinándolo cuidadosamente. Tras tomar nota del título y el pie de imprenta, leyó rápidamente las epístolas introductorias, el índice y se dirigió rápidamente al punto de su interés: liber quintus, capitulus septimus. Notó que el latín de Giphenio era un tanto mejor y más desarrollado que el de sus predecesores: menos abreviaturas y romanismo. También tomaba muchos conceptos del griego, escribiéndolos incluso en sus caracteres helénicos correspondientes.

- No puede ser – se dijo en voz baja – que el maestro Giphanio haya sido el primero en plantearlo de esta manera – y se volvió a sus apuntes escritos con lápiz a mina – Todos sus contemporáneos, y para qué decir los humanistas anteriores, obviaron este punto y sus seguidores lo retoman. Gollius, Thomasius padre y hasta los mismos maestros de Coimbra lo leen de esa manera. Pero ¿cómo pueden haber leído las obras del maestro Giphanio, si fueron publicadas recién el 1608 en Frankfurt, años después de su muerte en la corte de Praga? O dicho de otra manera, ¿en qué universidad podrían haberlo enseñado, si se peleó con todos los jesuitas de Ingolstadt? Más aún, ¿cómo llegaron sus ideas a Coimbra, la otrora Atenas de la Societas Jesu? ¿Me lo puedes explicar Víctor? – dirigiéndose al asistente, quien volvía con una lista en la mano.

- Bueno... en realidad usted sabe que no me manejo mucho en esas cosas raras de la que usted habla tanto, pero quizás tenían un amigo de por ahí que llevó los libros... que viajaba mucho, como mis amigos cuando se van a la capital y traen música de...

- Pequeño Víctor, era una pregunta retórica. – replicó paciente – Mejor no contestes si no vas a aportar. ¿Qué traes ahí?

- Nuevos participantes: Speculum moralium de John Case, y una traducción de la Ética a Nicómaco, por Joachim Périon.

- John Case... si, Oxford. Probablemente no nos sirva de mucho. Estos ingleses siempre tan pegados a la letra, nunca tocarán las nubes de la metafísica. Y Périon... el gran Perionius. ¿Una traducción, me dijiste?

- Claro... pero que trae añadidos un comentario de Hermolaum Barbarum.

- Hermolaus Barbarus – corrigió el profesor – está en acusativo.

- Pero si termina en “um” como todam las palabram en latim.

- ¡No todas, bestia! ¿Es que no sabes nada? Sólo los sustantivos neutro singulares en nominativo y acusativo, o bien, como es el caso aquí, los sustantivos masculinos en acusativo. ¿Con quién aprendiste latín, imberbe?

- Yo solito nomás, me puse a hojear el linguam latinae y ahí aprendí.

- Sí, así veo. Se nota a la distancia que eres autodidacta, como un genio cualquiera. – ironizó el investigador – OK, consíguete que te entreguen el tomo de Périon que trae el comentario de Barbarus. Pero ¡con cuidado! Que nadie sospeche que lo estamos buscando a él y no a Aristóteles.

- Si, si sé... – y dio la media vuelta balbuceando – siempre con la misma tontera, como si a alguien le importaran las tremendas novedades que puede encontrar en un manuscrito del año XVI

El Dr. Wilhelm escuchó las murmuraciones de Víctor, mas no lo consideró gran cosa. Siempre se queja cuando cree no ser escuchado, pero da igual, pues recibe igual su salario, aunque no le guste. La aparición de Barbarus no estaba en sus planes, puesto que sólo podía significar una cosa: también habría habido una tradición de comentaristas a Aristóteles, no sólo en las filosofía de escuelas germana e inglesas, como ya se sabía, sino también una anterior en los humanistas italianos. Bien sabido era que Hermolaus había viajado mucho en su condición de diplomático y quizás pudo haber entrado en contacto con los estudioso bizantinos, quienes habían sido los primeros en atreverse a vertir al estagirita al latín – no las obras lógicas, como se saben, traducias por Boecio, sino las obra éticas y metafísicas – a mediados del siglo XV. Ahora, lo que sí parecía extraño era la adhesión del comentario a la traducción de Périon, filólogo francés de fines del XVI, quien fue de los primeros occidentales en traducir el corpus aristotelicum al latín. ¿Por qué añadir imprimir la Ética en latín con un comentario a ella, escrito 84 años antes sobre otra versión latina? ¿Quién habría querido imprimir eso? Cuando volviera Víctor con el ejemplar, tendría que indagar en los datos externos para intentar conseguir alguna pista: alguna carta, alguna anotación a mano, la casa editorial o algún otro rastro que hiciera algún sentido. Por un momento, el Dr. Wilhelm se preguntó qué objeto tenía todo esto. Mirando las paredes del caluroso cuarto de manuscritos e impresos antiguos, intentó encontrar en ellos una respuesta, no a sus específicas interrogantes, sino a la cuestión de fondo:

- ¿Qué hemos entendido todos estos años de Aristóteles? ¿Nos hemos dedicado a repetir o a repensar? ¿Habrá en alguna parte alguien que haya dado en el sentido profundo de estas distinciones? .... ¿¿Dónde diablos se metió este sujeto??


Lo siento – escuché de pronto – debo pedirle que se vaya, pues estamos cerrando y tengo una hora al médico.

4 comentarios:

Unknown dijo...

Uffff,
Entretenida pero para mí de sencilla, nada.
No es para público inculto, como el que escribe ahora.
Sólo para medioevalistas insignes...
Debe ser autobiográfica.
Felicitaciones cuando descubras el porqué.
Saludos
CRO

onca dijo...

Ya puh, cuentate el final, está como obra de suspenso. Espero el desenlace. Cariños. Onca

Luis Placencia dijo...

El maesto comete un error. No sólo los sustantivos en neutro nominativo y acusativo terminan en "um", al igual que los masculinos en acusativo, sino que los "nombres"
(y no los sustantivos, de lo contrario se dejan fuera a los adjetivos y cosas semejantes).

Un abrazo cordial,
Ludovicus

Elías Lestrade dijo...

Estimado Shristian,

Soy demasiado wachaka para comprender los sentidos ocultos que aquí se insinúan.

p